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José Saramago dijo en una ocasión:

«Somos el destino que tenemos.»

Eran las ocho de la tarde de un Viernes 19, hacía calor y yo salía tarde de casa para variar. Había quedado para celebrar el fin de exámenes con unos amigos y algo me decía que no iba a ser una noche más.

Fuimos de tapeo, nos bebimos unas cervezas y pusimos inicio a la noche. Hablamos, hablamos mucho. Nos confesamos, nos reímos, fantaseamos sobre nuestros sueños y seguimos riendo. Y entre risa y risa dábamos sorbos de felicidad a nuestras copas. Y entre sorbo y sorbo, seguía sintiendo que aquello no iba a ser una noche más.

A eso de las tres de la mañana nos encontrábamos en la Plaza del Vapor entrando a «Sabotage». Nos apetecía sentirnos más vivos que nunca y descargar todo el estrés que habíamos arrastrado el curso entero. Queríamos celebrar nuestra libertad.

Entramos y estaba tan lleno como siempre. Bailamos, vivimos y festejamos. Nos paseamos entre el gentío y compartimos nuestra libertad. Entonces empezó a sonar «You only live once» de «The Strokes» mientras mis dos amigos iban delante de mí abriendo paso entre la muchedumbre. El alcohol había subido ya un poco cuando pasábamos por delante de la barra, fue justo en ese instante cuando noté que alguien me tocaba el hombro. Me giré y allí estaba el destino mirándome a los ojos.

Era un chico que sostenía en su mano mi teléfono móvil, un iPhone 5s blanco, mientras me preguntaba si era mío. Tenía unos ojos grandes y marrones/verdosos que transmitían seguridad. Vestía una camiseta blanca, llevaba barba y era moreno de pelo corto. No era muy alto.

En cuanto le cogí el móvil de las manos, volvió a enseñarme unas cosas más que habían caído de mi bolso al suelo. Todavía yo no me había atrevido a decir ni media palabra, no podía salir de mi asombro. Probablemente otra persona que se hubiese visto en esa situación, hubiese decidido quedarse el teléfono. Pero no, él no.

Una vez conseguí creerme la situación un poco, decidí que lo menos que podía hacer era invitarle a tomarse un chupito conmigo. Cuando se lo ofrecí me sorprendió con un «Hombre, qué menos ¿no?». Entonces nos dimos la vuelta hacia la barra, se puso a mi lado y pedimos un Tequila para mí y un Jägermeister para él. Esperábamos a que nos atendiesen cuando le robé un trago de su cerveza mientras me preguntaba si me tomaba el chupito con sal y limón. Le dí las gracias por lo del móvil, seguía asombrada y entonces, espetó las palabras que tantas veces había escuchado en mi propia cabeza: «Cosa del destino, supongo.»


Me reí, no supe qué hacer. Me reí porque su respuesta me resultaba tan familiar que me dio hasta miedo. Me reí porque siempre había deseado escuchar esa frase en boca de otra persona. Me reí, y le dije que yo tampoco creía en las casualidades.

Brindamos y nos tomamos el chupito. Él sacó su móvil, era de color blanco y si no recuerdo mal era un Samsung, estuvimos hablando sobre ello y nos dimos la vuelta. Fue entonces cuando me di cuenta de que no encontraba a mis dos amigos. Él me invitó a que me uniese a su grupo de amigos y así hice a pesar de que el alcohol empezaba a pesarme.


Recuerdo que uno de ellos tenía pensado ir a Bilbao en breve o era de allí, tenía el pelo castaño y un poco larguito, le tapaba la frente. Creo que me comentó algo del surf. Serían un grupo de tres o cuatro chicos, todos morenos o castaños. Otro de ellos también llevaba barba y era alto y uno de ellos, que vestía camisa, tenía también el pelo del mismo estilo que el de Bilbao, estaba más apartado bebiendo y parecía algo enfadado. Todos debían estar entre los 23 – 30 años. El chico que me había salvado el teléfono me dijo que iba al baño y en cuanto se fue, pude ver a mis amigos. Entonces empezó a sonar Club de fans de John Boy de Love of Lesbian, mis amigos y yo nos miramos, estábamos eufóricos y el alcohol nos hacía estarlo más. Aquella canción era como uno de nuestros himnos y empezamos a cantar y bailar. Nos perdimos entre la gente y no volví a saber más del chico.

Entonces empezó a sonar Club de fans de John Boy de Love of Lesbian, mis amigos y yo nos miramos, estábamos eufóricos y el alcohol nos hacía estarlo más.



Al día siguiente decidí que era cuestión de agradecerle el gesto en mejores condiciones. Es por ello que desde entonces emprendí una búsqueda para dar con él. Quiero creer que aquello no fue una anécdota más y que de verdad fue cosa del destino. No sé su nombre, ni nos intercambiamos los números. Tampoco recuerdo el nombre de ninguno de sus amigos y sé que la información que aporto es escasa. Pero creo en el poder de las personas y en el poder de los gestos bien hechos para cambiar al mundo. Creo en el poder de las cosas hechas con sentimiento y creo que le debo un gracias y unas disculpas por mis formas a ese chico.

Así que, aquí estoy. Envié mensajes a varias personas y medios que pensé que podrían ayudarme a encontrarle y los chicos de Palma en tu mano me abrieron sus puertas de par en par ofreciéndome escribir este relato. Creo en las personas que arriesgan y en las personas que optan por hacer las cosas diferentes, así que pensé que ellos podrían ayudarme y es por ello que les estaré eternamente agradecida.

Si pensáis que podéis contribuir a esta búsqueda, aún por muy pequeñito que sea el aporte, todo será bien recibido y estaré eternamente agradecida. Creo que cuando alguien hace algo por nosotros, hay que saber agradecerlo y es por ello que prefiero que este chico me recuerde como «la chica del gracias» en vez de «la chica del chupito». Muchas personas pequeñas, en lugares pequeños, haciendo pequeñas cosas, pueden cambiar el mundo.

Gracias de antehombro.

Luzía.

 

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